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lunes, 6 de mayo de 2013

“Detrás de la ciudad, se esconde la realidad”




Con el trajín del día a día, el tráfico horrible de nuestra ciudad, yendo y viniendo a todas partes, a la facultad, al colegio, al laburo, a las farras, viajando, en fin, haciendo de todo, de repente nos olvidamos o simplemente no tenemos tiempo para hacer todo lo que realmente queremos hacer.

Y eso me pasó a mí, soy voluntaria de TECHO desde el 2010, construía constantemente hasta inicios del 2012, luego, por “cosas del fútbol” (realmente del laburo) ya contaba con cada vez menos tiempo y ya no podía ir a las construcciones.
Desde que empecé en este laburo (setiembre 2012) intenté tratar de acomodar mis turnos para ir a una construcción pero no había caso, no iba luego a coincidir con una construcción de fin de semana. Hasta que al fin, se me dio la ocasión y pude canjear dos días libres para ir a la construcción de mayo 2013.
Ansiosa estaba ese viernes de noche por terminar el horario laboral y correr al lugar de envío, vivir la emoción de encontrarme con buenos abrazos de buenos amigos, volver a vivir esa ansiedad de conocer a la familia a que le voy a construir, nambré, mil sentimientos encontrados a la vez.
Llegamos a la escuela, y el tiempo se estaba preparando para una tormentita, (a la cual juro que yo fui la causa de la lluvia por que demasiado raro ya era que YO esté volviendo a construir). Empezó la levantada el sábado, fuimos todos al barrio a conocer a nuestras familias e iniciar a colocar el pilote maestro del futuro hogar de Don José y Doña Isabel.
Fuimos una cuadrilla bastante numerosa, algo que, en “mis tiempos de techera” lo común era una cuadrilla de máximo 4 personas si tenías suerte, ser 9 en una fue algo muy nuevo para mí.
Comenzábamos a cavar, medir, picar piedras, hasta que las gotas de lluvia seguían nuestro paso, llegó la hora de almorzar y todos atacamos ese delicioso tallarín que nos había preparado doña Isabel.
La lluvia se intensificaba cada vez más, venía un vientito sur, yo, para colmo, mega resfriada, no podía ni respirar btw. Realmente estábamos desgastados y necesitábamos descansar.
En lo que de pronto, Don Jose le da un papel a Ana Pau, una integrante de mi cuadrilla, y ella lo abre y comienza a leer:
Bueno, no se ve tan bien en la imagen pero el texto es el siguiente:


Asunción, 4 de mayo de 2013
Hoy día 4 de V de 2013 se cumple el sueño mío y de mi marido.
Creo que puedo decir gracias a Dios y sobre todo a TECHO Paraguay que hizo nuestro sueño realidad. Me comprometo, desde hoy, a cuidar muy bien de nuestra casa y a preservar la moral y las buenas costumbres.
Atte. José e Isabel”

Para qué les voy a mentir, me convertí en un mar de lágrimas cuando Ana Pau terminó de leer la carta, después de eso, Don José, con lágrimas en los ojos también, nos invitó al interior de su casa, entramos y nos sentamos en unas sillas, nos invitaba a que conozcamos su humilde hogar, ese es el momento en donde te entra un piri que hasta ahora sigo sintiendo, su casa era mas o menos 4x6, constaba de una cama y unos cuantos muebles, el piso era barro, y Don José nos mostraba su cuadro de San Roque y su virgencita de Caacupé.
En ese momento, me agarró TANTA impotencia, no puedo, no consigo aceptar, que seres humanos como nosotros vivan así, tan mal. En ese momento no me importó para nada la lluvia, no me importó para nada el frío, solamente quería hacer todo mi esfuerzo para adelantar el sueño de José e Isabel, su CASA.
No fui la única que sintió eso, todos los miembros de mi cuadrilla me acompañaron, incluso don José, que fue un miembro más de nuestra cuadrilla. Estábamos congelándonos con la lluvia que iba y venía y la brisa del viento sur que nos atacaba cada tanto, pero eso no hizo que nos detuviéramos, cantábamos, bailábamos, hacíamos de todo para trabajar de la manera más armoniosa y de hecho lo estábamos logrando.
Llegó la hora de volver a la escuela, todos sucios, embarrados, pero felices y ansiosos por volver a la casa de don José al día siguiente.
Esa noche, intenté leer mi carta frente a todos, más de uno se estará acordando de mí al leer esto, era demasiado difícil, las lágrimas me salían más rápido que las palabras, hasta que traté de calmarme un poco más y les leí la carta mencionada más arriba.
Fue algo que necesitaba compartir con todos, fue algo que todos tenían que escuchar.
Llegó el domingo, y felices fuimos por volver a la casa de Don José y Doña Isabel, nos recibieron con unas tortillas DELICIOSAS y manos a la obra.
Por suerte el sol estuvo de nuestro lado, con una brisa que amortiguaba el calor intenso que solemos tener. Seguimos con la armonía de la cuadrilla, entre risas y risas, aprendiendo de errores y trabajando en equipo, el tiempo parecía eterno y llegó el momento de clavar el último clavo de techo.
TERMINAMOS LA CASA, hicimos realidad el sueño de nuestra familia, todo el cansancio, el dolor físico, todo desapareció con la satisfacción de decir “misión cumplida”.
Inauguramos la casa, y confieso que hice un esfuerzo sobrehumano para no llorar (y lo logré). Ver la sonrisa de los dos al cortar la cintita fue la más grande gratificación que pude recibir en mucho tiempo. Y así de rápido pasó uno de los mejores fines de semana de mi vida. Si era capaz, detendría el tiempo y disfrutaría de ese momento constantemente, quería quedarme con esa felicidad eternamente.
Agradezco profundamene a esta familia, Don José y Doña Isabel, por darnos tanto, y a todos los voluntarios que pusieron su grano de arena para que más familias vivan en un piso seco bajo un techo más digno.
Y así, lo que tanto anhelaba volver a hacer, lo hice de vuelta y con una grata satisfacción, sé que es un poco largo, pero no encuentro menos palabras para expresar todo lo que viví en solo un fin de semana, sinceramente volver a vivir esta experiencia me hizo volver a nacer, volver a poner los pies en la tierra y me dieron más ganas de seguir luchando para cambiar este país, de volver a ver ESA REALIDAD con mis propios ojos, que siempre existió pero no todos tienen ojos para verla y no todos se percatan de que está latente siempre.