Con el trajín del día a día, el tráfico horrible de nuestra
ciudad, yendo y viniendo a todas partes, a la facultad, al colegio, al laburo,
a las farras, viajando, en fin, haciendo de todo, de repente nos olvidamos o
simplemente no tenemos tiempo para hacer todo lo que realmente queremos hacer.
Y eso me pasó a mí, soy voluntaria de TECHO desde el 2010,
construía constantemente hasta inicios del 2012, luego, por “cosas del fútbol”
(realmente del laburo) ya contaba con cada vez menos tiempo y ya no podía ir a
las construcciones.
Desde que empecé en este laburo (setiembre 2012) intenté
tratar de acomodar mis turnos para ir a una construcción pero no había caso, no
iba luego a coincidir con una construcción de fin de semana. Hasta que al fin,
se me dio la ocasión y pude canjear dos días libres para ir a la construcción
de mayo 2013.
Ansiosa estaba ese viernes de noche por terminar el horario
laboral y correr al lugar de envío, vivir la emoción de encontrarme con buenos
abrazos de buenos amigos, volver a vivir esa ansiedad de conocer a la familia a
que le voy a construir, nambré, mil sentimientos encontrados a la vez.
Llegamos a la escuela, y el tiempo se estaba preparando para
una tormentita, (a la cual juro que yo fui la causa de la lluvia por que
demasiado raro ya era que YO esté volviendo a construir). Empezó la levantada
el sábado, fuimos todos al barrio a conocer a nuestras familias e iniciar a
colocar el pilote maestro del futuro hogar de Don José y Doña Isabel.
Fuimos una cuadrilla bastante numerosa, algo que, en “mis
tiempos de techera” lo común era una cuadrilla de máximo 4 personas si tenías
suerte, ser 9 en una fue algo muy nuevo para mí.
Comenzábamos a cavar, medir, picar piedras, hasta que las
gotas de lluvia seguían nuestro paso, llegó la hora de almorzar y todos
atacamos ese delicioso tallarín que nos había preparado doña Isabel.
La lluvia se intensificaba cada vez más, venía un vientito
sur, yo, para colmo, mega resfriada, no podía ni respirar btw. Realmente estábamos
desgastados y necesitábamos descansar.
En lo que de pronto, Don Jose le da un papel a Ana Pau, una integrante
de mi cuadrilla, y ella lo abre y comienza a leer:
Bueno, no se ve tan bien en la imagen pero el texto es el
siguiente:
“Asunción, 4 de mayo
de 2013
Hoy día 4 de V de 2013
se cumple el sueño mío y de mi marido.
Creo que puedo decir
gracias a Dios y sobre todo a TECHO Paraguay que hizo nuestro sueño realidad. Me
comprometo, desde hoy, a cuidar muy bien de nuestra casa y a preservar la moral
y las buenas costumbres.
Atte. José e Isabel”
Para qué les voy a mentir, me convertí en un mar de lágrimas
cuando Ana Pau terminó de leer la carta, después de eso, Don José, con lágrimas
en los ojos también, nos invitó al interior de su casa, entramos y nos sentamos
en unas sillas, nos invitaba a que conozcamos su humilde hogar, ese es el
momento en donde te entra un piri que hasta ahora sigo sintiendo, su casa era
mas o menos 4x6, constaba de una cama y unos cuantos muebles, el piso era
barro, y Don José nos mostraba su cuadro de San Roque y su virgencita de Caacupé.
En ese momento, me agarró TANTA impotencia, no puedo, no
consigo aceptar, que seres humanos como nosotros vivan así, tan mal. En ese
momento no me importó para nada la lluvia, no me importó para nada el frío,
solamente quería hacer todo mi esfuerzo para adelantar el sueño de José e
Isabel, su CASA.
No fui la única que sintió eso, todos los miembros de mi
cuadrilla me acompañaron, incluso don José, que fue un miembro más de nuestra
cuadrilla. Estábamos congelándonos con la lluvia que iba y venía y la brisa del
viento sur que nos atacaba cada tanto, pero eso no hizo que nos detuviéramos, cantábamos,
bailábamos, hacíamos de todo para trabajar de la manera más armoniosa y de
hecho lo estábamos logrando.
Llegó la hora de volver a la escuela, todos sucios,
embarrados, pero felices y ansiosos por volver a la casa de don José al día
siguiente.
Esa noche, intenté leer mi carta frente a todos, más de uno
se estará acordando de mí al leer esto, era demasiado difícil, las lágrimas me
salían más rápido que las palabras, hasta que traté de calmarme un poco más y
les leí la carta mencionada más arriba.
Fue algo que necesitaba compartir con todos, fue algo que
todos tenían que escuchar.
Llegó el domingo, y felices fuimos por volver a la casa de
Don José y Doña Isabel, nos recibieron con unas tortillas DELICIOSAS y manos a
la obra.
Por suerte el sol estuvo de nuestro lado, con una brisa que
amortiguaba el calor intenso que solemos tener. Seguimos con la armonía de la
cuadrilla, entre risas y risas, aprendiendo de errores y trabajando en equipo, el
tiempo parecía eterno y llegó el momento de clavar el último clavo de techo.
TERMINAMOS LA
CASA , hicimos realidad el sueño de nuestra familia, todo el
cansancio, el dolor físico, todo desapareció con la satisfacción de decir “misión
cumplida”.
Inauguramos la casa, y confieso que hice un esfuerzo
sobrehumano para no llorar (y lo logré). Ver la sonrisa de los dos al cortar la
cintita fue la más grande gratificación que pude recibir en mucho tiempo. Y así
de rápido pasó uno de los mejores fines de semana de mi vida. Si era capaz,
detendría el tiempo y disfrutaría de ese momento constantemente, quería
quedarme con esa felicidad eternamente.
Agradezco profundamene a esta familia, Don José y Doña
Isabel, por darnos tanto, y a todos los voluntarios que pusieron su grano de
arena para que más familias vivan en un piso seco bajo un techo más digno.
Y así, lo que tanto anhelaba volver a hacer, lo hice de
vuelta y con una grata satisfacción, sé que es un poco largo, pero no encuentro
menos palabras para expresar todo lo que viví en solo un fin de semana,
sinceramente volver a vivir esta experiencia me hizo volver a nacer, volver a
poner los pies en la tierra y me dieron más ganas de seguir luchando para
cambiar este país, de volver a ver ESA REALIDAD con mis propios ojos, que
siempre existió pero no todos tienen ojos para verla y no todos se percatan de
que está latente siempre.




